El reto más grande que he enfrentado en mi vida

Por: Daniel Ibarra ,

Soy Daniel, soy papá de Emiliano y les voy a contar su historia…

El martes 3 de octubre de 2017 me encontraba de viaje de trabajo en Veracruz. Diana, mi esposa, iba a cumplir 27 semanas de embarazo, un viernes antes habíamos tenido cita con la ginecóloga y todo parecía marchar perfectamente. Sin embargo, ese día Diana desde muy temprano me comentó que tenía un dolor en la espalda baja.

Insistió en que le dolía y me dijo que llamaría a su mamá para que la llevara al doctor; nunca imaginé lo que venía. Una hora después recibí una llamada de Diana diciéndome que tenía contracciones, que el bebé iba a nacer, y me colgó.

Salí disparado al aeropuerto, con el corazón destrozado y la cabeza pensando en el peor escenario. Logré abordar un avión que despegó a la 13:01, Emiliano nació a las 13:05. Aterricé en la ciudad de México una hora después y recibí una llamada de mi mamá, que a su vez me comunicó con la ginecóloga, Emiliano había nacido, pesando 1Kg y había llorado; al parecer el que hubiera llorado era una buena noticia.

Llegué al hospital Dalinde a las 15:00 y me recibió mi papá en la puerta, recuerdo que sus palabras fueron algo así como: Toca ponerle fuerza a la situación Chato, mucha fuerza.  Acto seguido apareció mi mamá que me empezó a dar mucha información, me llevó a saludar a mi suegro, uno de mis cuñados, mi concuña, y por último me llevó a la sala de espera de la “UCIN” (Unidad de Cuidados Intensivos, término que ese día aprendí y creo que no se me va a olvidar). Ahí me encontré con mi suegra y me dió uno de los abrazos más estremecedores de mi vida, lleno de incertidumbre, empatía, miedo, cariño… sobre todo cariño. Me senté junto a mi suegra en una banca y estuvimos como una hora sin decir nada, no sabíamos todavía nada de Emiliano y Diana estaba en la sala de recuperación.

De pronto subió mi papá a avisarnos que ya iban a pasar a Diana a la habitación y que pronto podríamos pasar a verla. Ver a mi esposa fue un primer gran alivio; no sólo estaba bien, parecía estar lista para lo que venía, estaba fuerte y dispuesta. Diana no se derrumbó un solo segundo. Nos vimos, sonreímos, la besé y los dos nos dijimos que todo iba a estar bien. Antes de entrar a la habitación, apareció una doctora que me preguntó si yo era el papá y me dijo – Ok, ahorita que entre Diana vamos a platicar. Esta doctora se llama Ivette, y se volvió junto con Marcela (Son una dupla de neonatólogas) en nuestros gurús, salvadoras, ángeles y en dos personas que no sólo no voy a olvidar, voy a estar agradecido con ellas eternamente.

Ivette nos explicó que Emiliano había nacido antes de tiempo por una infección en el útero, que las primeras 72 horas eran críticas y que con bebés prematuros todo se trata de ir 3 pasos delante de todos los posibles escenarios. Nos dijo que íbamos a volvernos muy cercanos y que ella nos iba a acompañar en todo el trayecto. Nunca nos dio esperanzas de que todo saldría bien, sin embargo nos transmitió mucha confianza, de esas veces que tratas con gente que te das cuenta que sabe lo que está haciendo.
Terminando esta conversación me dijo que podía subir a la UCIN a conocer a Emiliano, pero que Diana todavía no podía porque tenía que recuperarse.

Subí a la UCIN con una mezcla de emociones; me acompañó mi papá, pero sólo yo podía pasar. Estuve esperando casi otra hora para poder pasar, hasta que por fin me disfrazaron con una bata y cubrebocas y pude entrar a la UCIN con Ivette. Es un lugar muy peculiar, silencioso, pero a la vez lleno de ruidos de máquinas y monitores.

Emiliano estaba sólo en una habitación en una incubadora; era pequeñitito, midió 36 cms, estaba obviamente entubado a un respirador y tenía un pañal que se le veía inmenso. Por alguna extraña razón me enfoqué en los detalles, conté dedos, me di cuenta de que tenía mucho pelo, lo tenía chino.
Ivette me dijo que le hablara, que eso le serviría mucho. Sólo pude decir pocas cosas y empecé a llorar, rápidamente Ivette me regañó y me dijo que no podía estar triste, que la llorada iba a ser fuera de ahí pero que con Emiliano siempre teníamos que estar contentos y echándole porras. Recuerdo decirle que tenía que ser muy fuerte, que todo iba a estar bien y que iba a salir para poder ver el futbol conmigo.

En ese rato que estuve con él fueron a tomarle la huella del pie para algún registro y me regalaron una huella en una servilleta para llevársela a su mamá. Salí y mis papás estaban esperándome, me acompañaron a ver a Diana a su habitación, le entregué la servilleta y le conté todos los detalles que pude.

Al día siguiente a las 11 de la mañana dieron de alta a Diana y subimos a que conociera a Emiliano. Ahí nos enteramos de que nuestra vida los próximos meses giraría en torno al horario de visita de la UCIN, que es de 11 a 12 de la mañana y de 5 a 6 de la tarde. Dos horas al día.

Ese día comenzó un trajín que duró 78 días, fue el tiempo que Emiliano estuvo hospitalizado. Durante este tiempo sólo Diana y yo lo pudimos ver; los abuelos, los tíos y toda la gente que estuvo al pendiente sólo pudieron conocerlo a través de fotos. Fueron los 78 días más largos de mi vida; que sonara el celular con el nombre de Ivette o Marcela en la pantalla representaba un micro infarto.

Fue gracias a Ivette, a Marcela, a muchos otros doctores, al trabajo de las enfermeras de la UCIN, pero sobre todo a Emiliano y a su fuerza, que el 20 de diciembre de 2017 nos fuimos a casa con Emiliano en nuestros brazos.

El pequeño Emiliano y sus padres. Foto Cortesía de Daniel Ibarra

Cuando me preguntan ¿qué sentía? o ¿cómo le hicimos? la respuesta más sincera es – No lo sé. Creo que Diana y yo nos tomamos de la mano y le entramos, sin certeza de cuál sería el resultado, pero siempre con fe desde el principio en que todo iba a salir bien.

Me considero una persona profundamente afortunada, por tener a Diana a mi lado quien fue súper fuerte todo el tiempo, mucho más que yo. Pero sobre todo afortunado por tener a Emiliano, que es pura fuerza. Siempre fue hacia adelante desde el primer día, los ligeros pasos que dio hacia atrás fueron sólo para tomar fuerza.

Ha sido sin duda alguna el reto más grande que he enfrentado en mi vida, todo toma una dimensión diferente, valoras todo mucho más. Sobre todo, el tiempo. Con Emiliano todo el concepto de tiempo cambio:

Se adelantó al tiempo en que debió llegar, tuvimos que esperar mucho tiempo para llevárnoslo a casa, tiempo para poderlo cargar, tuvimos que esperar tiempo para que acabara de desarrollar sus pulmones, para que aprendiera a respirar sólo, para que pudiera tomar una onza de leche, y muchos etcéteras que giraron en torno al tiempo.

Y durante todo ese tiempo, Emiliano siempre nos llenó de fuerza, pensamos que lo cuidábamos o le dábamos ánimo, pero creo que él fue quien nos cuidó, quien nos dió fuerza. Siempre sonreía en la incubadora, no importaba si ese día le habían realizado una transfusión de sangre o algo que seguro le dolió, él sonreía.

Esta experiencia me ha vuelto más agradecido con lo que la vida me brinda, también me ha hecho relajarme más, dejar de pensar que puedo planearlo todo. Al final, a veces el destino decide dar un volantazo.

Emiliano tiene 1 año 9 meses sigue riéndose todos los días, es un niño sano y lleno de energía, que ilumina cualquier habitación a la que entra.

Los consejos o aprendizajes más importantes, que yo quisiera compartir de mi experiencia con Emiliano:
“Hasta que tuvimos un bebé prematuro, no sabiamos nada del tema, pero resulta que todo el mundo tiene un primo, un hijo o hasta gente que conoces fue bebé prematuro.” 
Cuando crees que estás pasando por una tragedia o por algo muy dificil, siempre ayuda el tener cerca a gente que pasó por lo mismo.  Esto te ayuda a calmar un poco la ansiedad y a entender que el problema por el que estás pasando es grave, pero que ya otros han pasado por ahí y eso de alguna forma te da esperanza.
“No sirve de nada buscar culpables”
Me gustaría recomendarle a los padres que estén pasando por situaciones similares, a no buscar culpables. En este proceso es muy fácil tratar de echarle la culpa a un doctor que no cuido bien el embarazo o hasta sentirse culpable uno mismo, por que la mamá hizo ejercicio, por que la mamá comía o no comía algo.  Creo que el ser humano tiene la inevitable necesidad de encontrar culpables para todo, pero esto además de no resolver nada, se vuelve muy nocivo. Les recomiendo no gastar energía mental y espiritual en eso, es mejor enfocarse a poner todo lo que uno tiene en sacar a nuestros hijos adelante.

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