No hay pie demasiado pequeño que no pueda dejar huella

No hay pie demasiado pequeño que no pueda dejar huella

Por: Ale Velasco ,

Esta es la historia de Ximena y de como su llegada cambió mi vida.

Xime nació con Síndrome de Edwards o trisomía 18, que es una de las tres trisomías más comunes. Se da 1 caso en cada 6 mil niños nacidos vivos y dada la taza de mortalidad posnatal, no existe un tratamiento, solo cuidados paliativos.

Puede diagnosticarse entre la semana 12 y la 20 de gestación si es que existiese algún indicio de malformación genética, no fue nuestro caso. Tuvimos un maravilloso embarazo de 32 semanas antes de conocer a la condición de Ximena.

Ximena estuvo conmigo casi 11 meses, de los cuales prácticamente 6 estuvo en terapia intensiva. Fue una nena hermosa, sumamente amada, guerrera incansable y mi mejor maestra. Decidió irse una madrugada en silencio, acurrucada junto a mi. Me dejó mas de lo que se llevó y gracias a ella intento ser la mejor mamá.

Lo que sigue lo escribí hace algunos años poco despuésdde su partida, en esos dias escribía mucho sobre cómo me sentía. Alguna vez pensé en publicarlo y busqué blogs y páginas con experiencias similares a la mía, pero todas parecian ovituarios. Hoy tengo la oportunidad de compartirles un pedacito de nuestra historia y eso me hace sumamente feliz.

“No hay pie demasiado grande que no pueda dejar huella”

Cuando nació Ximena confieso que no podía creer que fuera mi princesa. Era tan diferente a como la había imaginado… solo pude decir: ¿Ximena? y el monitor de su corazón empezó a sonar, su enfermera me pidió que no le hablara para no inquietarla… la emoción que sentí es algo que aún ahora me cuesta trabajo explicar… me reconoció y yo a ella…

A partir de ese día, cada visita a su incubadora le platicaba cuanto la amaba y cuanto deseaba conocer sus ojos y poderla abrazar. Todos los días me despedía, no sabía cuando, pero sabía que se iría y lo más difícil fue entenderlo así.

Me gustaba ver cuando otras mamás salían del hospital con sus bebés en brazos, extrañamente compartía su emoción y me ilusionaba pensar en que existía la posibilidad de que ese momento llegara también para Xime y para mí.

Sin embargo, a pesar de mi aparente tranquilidad y de las ganas de tener a mi bebé conmigo, también tenía una tristeza indescriptible y un miedo que a veces no me dejaba dormir. Mi principal angustia era no ser capaz de darle los cuidados que necesitaba.

La verdad es que mucha de mi fortaleza era prestada, una parte de Ximena y otra de su papá. Juntos ejercitamos nuestra capacidad para reír en nuestros momentos más tristes, fuimos los mejores papás que nuestra apestosina (así le decía él) pudo tener.

Cuando ya no había más que hacer, me dieron a elegir entre seguir en el hospital y llevarla con nosotros a casa. No había mucho que pensar, la decisión estaba tomada. Fue cuando conocí a una de las personas que más me ayudó en este proceso: Norma.

La tanatología ayuda a curar el dolor de la muerte. Para mi fue mas que eso. Norma no solo me escuchó, me confrontó y me hizo la pregunta que hasta ese día nadie había hecho y cuya respuesta yo sabía de antemano pero no me atrevía a decir: “¿qué quieres?”, le dije la verdad: “quiero que esto termine”.

Ella preguntó, ¿por qué? Y le respondí: porque no quiero verla sufrir, ya ha sido suficiente.

Ahora al recordarlo me da risa porque ambas volteamos a ver a Ximena dormida con cara de angelito desparramada en su incubadora y entendí que quien estaba sufriendo era yo.

A partir de entonces dejé de despedirme y comencé a agradecer cada día y a celebrarlo como si fuera el primero, porque finalmente eso era, ninguno fue igual, cada día con Ximena era experimentar emociones nuevas. Aprendí a disfrutarla y a disfrutarme como su mamá. Lo demás llegó solo.

Ahora recuerdo como si fuera ayer la primera vez que me miró, la primera vez que la abracé, la primera vez que escuché su voz, la primera vez que me sonrió y todas esas “primeras veces” tan diferentes a como las había soñado, pero tan llenas de amor y de alegría porque entendía perfectamente que todas eran un regalo.

El sufrimiento es opcional y la fortaleza no significa aparentar que todo está bien. Ser fuerte tiene que ver con la actitud con la que enfrentas tu dolor.

Ximena vino a enseñarme lo que es el amor y me siento muy orgullosa de ser su mamá porque me doy cuenta de la huella que ha dejado, incluso, en personas que solo la conocieron de lejos.

“No hay pie demasiado pequeño en el mundo que no pueda dejar huella…”

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