No necesito ser el mejor padre sino el padre que mi hijo necesita

No necesito ser el mejor padre, sino el padre que mi hijo necesita

Por: Tonatiúh Rendón

Ángel, se llama mi hijo, y es ,tal cual, desde el primer momento, mi todo.

Los padres hemos coincidido en que al esperar a nuestros hijos y más, cuando resulta que el primogénito es varón, es el momento en que se activa nuestro instinto paternal, pero al mismo tiempo nos visualizamos teniendo un cómplice para nuestros juegos que no hemos abandonado del todo y solo han permanecido en estado de hibernación, esperando un pretexto para dejarlos salir; planeamos enseñarle a apreciar la misma música que escuchamos, empezamos a darle forma a la herencia de playeras, gorras, y demás artículos deportivos o alusivos a nuestro equipo favorito, apenas empieza a dar sus primeros pasos y ya lo queremos inscribir a natación, karate, fútbol, esgrima, box y cuanta actividad practicamos (o no) en nuestra juventud.

Siendo realistas: un hijo es la válvula de escape para nuestro Peter Pan interno. Al menos así fue para mí, hasta que mi hijo, mi Ángel, quien por cierto gozó, de una salud envidiable antes, durante y después de su nacimiento, fue diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista.

Ahí fue cuando empezó mi transformación no en el mejor padre, ni siquiera en un padre más, sino en el padre que mi hijo necesitaba que fuera y eso fue más complejo de lo que parece; para empezar tuve que desistir de inculcarle mis juegos pues nada parecía darle más entretenimiento y satisfacción que alinear sus juguetes clasificándolos de manera envidiable por colores, tamaños o cualquier otro criterio que yo tardaba en comprender hasta después de observar varias veces la línea recta que atravesaba la sala y el comedor de nuestra casa, línea que sí por algún descuido era modificada provocaba lo que para mí en ese entonces era un berrinche fuera de toda proporción, y que me enfurecía al ver a mi pequeño de 2 años lanzarse hacia el suelo de rodillas en repetidas ocasiones. Me enfurecía, si, esa es la palabra, pero también me empezó a preocupar. Con el paso de los meses también abandoné mi empeño por hacerlo escuchar la misma música, pues todo sonido que tuviera un volumen un poco alto (juro que en verdad era “un poco”), amenazaba con provocar las misma reacción o alguna otra pero de igual magnitud, se fueron al diablo lo mismo “el efecto Mozart” que los “Beatles”.

Hasta aquí, pareciera hablar solo de un niño diagnosticado con Autismo, al que el inútil de su padre no sabía como tratar, o no quería aprender, puede que hayan sido ambas cosas, pero además con lo anterior se apoderaba de mi un miedo terrible, un dolor que no quería reconocer, pues mis expectativas (las mías, otra vez el egoísmo, del padre), no solo no se cumplían, sino además me empezaba a sentir rebasado por una realidad que no quería reconocer, ni enfrentar.

Pero faltaba, más; faltaba lo peor.

Toda esta mezcla de sentimientos y emociones no asumidas, trajo como consecuencia un distanciamiento entre mi hijo y yo, mientras él y su madre (guerrera sacada de las páginas de cualquier historia de superhéroes) se acercaban a terapeutas, buscaban opciones para ayudarle a comunicarse, trataban tratamientos psiquiátricos, psicológicos, con medicamentos, sin ellos, y creo que hasta uno que otro chamán; el frustrado padre, estaba permitiendo que se fluyera uno de esos valiosos lazos que en realidad, son para siempre: el de padre-hijo.

Si bien las personas con autismo, pueden carecer de empatía (no en todos los casos, pero puede presentarse), también es verdad que a quienes les otorgan relevancia en su rutina diaria, quienes les representan importancia como actores de su ya de por sí reducido entorno, es un vínculo real, fuerte, sólido, y eso era lo que no había tenido oportunidad de construir con mi hijo.

Abrir los ojos incluyó darme cuenta de que para él, yo era una persona más que podía o no estar en la misma habitación, en la misma casa que él, sin que eso le afectara; en algún momento incluso no hacía caso cuando le hablaba; llegamos a competir por la atención de su mamá, pues lo único que sí reconocía en mi, era una especie de amenaza para quien si tenía esa comunicación con él. Dejó de hablarme, de buscarme, de darme los pocos abrazos que ocasionalmente me tocaban.

¿Eso quería? ¿Justificar con su condición de vida mi poco nivel de involucramiento con el? ¿Era el autismo o era yo quien había propiciado ese distanciamiento?

Lágrimas, discusiones hasta la medianoche, algo de terapia, y sobre todo involucrarme con la información correcta acerca del autismo, fueron los dolorosos remedios para recuperar el tiempo que había desperdiciado en lamer mis supuestas heridas por la expectativa falsa de un hijo modelo, que dicho sea de paso, nadie tiene, ha tenido, ni tendrá.

Hoy, Ángel es un adolescente integrado a una escuela secundaria regular, el tiempo perdido, así se quedó, pero desde hace 8 años, todos los días tengo el reto de ser el padre que un chico de su edad necesita, he volteado a ver que existen muchos recursos para satisfacer sus necesidades (exacto, las suyas), ayudarle a entender el mundo de forma menos agresiva para él. No puedo llamarme un especialista en autismo, soy y quiero seguir formándome como un especialista en el Autismo de Ángel; aún hay días en los que nuestro contacto físico y emocional es difícil, a veces escaso, pero ya nunca inexistente, ahora le doy el respeto y el espacio que su condición necesita y que él agradece. He aprendido a defender a mi hijo, de todos aquellos que piensan que su condición es una enfermedad y trato de que la información que a mí me ha servido les llegue de una u otra forma.

Cada vez que intento que le guste la misma canción, película o deporte que a mi, sigo topándome con pared, pero ahora me dice: no me gusta PAPÁ, ya te lo dije, y eso no tiene precio. Mi hijo, mi Ángel no es como esas personas con autismo que vemos en cine y televisión, a el si le gusta abrazar, pero el escoge a quien, y yo lo sé, porque ahora cada vez es más frecuente que me abrace a mí.

Su discapacidad es tan relativa, que hoy en día muchas personas nos dicen: “¿tiene Autismo?, pero sí casi ni se le nota”; aún no logramos descifrar si eso podamos tomarlo como un elogio, pero si sabemos que lo que si se le nota es su sonrisa cuando hace una broma, que nadie entiende, pero a él le provoca carcajadas que le duran por varios días cuando de pronto se acuerda.

Cuando repite al pie de la letra los diálogos de una película que a él le gusta, sabemos que esta contento, feliz y eso sí que se le nota.

Salir a comer a la calle, a algún restaurant o algo similar, no es problema, siempre y cuando tenga cerca una hamburguesa, y ahora, no solo se lo respeto, sino que nos hace cómplices cada vez que su mamá no está presente.

Y cuando por alguna razón se encuentra sobre estimulado y no sabe como autorregularse y llora y grita aparentemente sin consuelo por algo sin importancia para el resto de la gente pero que para el es una auténtica tragedia; trato de hablarle, de consolarlo, o simplemente de estar con él, siempre y cuando me lo permita.

Ahora él sabe que ahí estoy, que soy su papá y que quiero estar siempre. Como dicen los papás de personas con autismo “No puedo cambiarlo para que entienda el mundo, entonces voy a cambiar al mundo, para que lo entiendan a él”. ¿Por qué? Porqué sí puedo creer que soy un padre en un millón, es porque tengo un hijo en un millón; porque Ángel es el hijo que tengo y para él quiero ser SU PAPÁ; porque Ángel, así se llama mi hijo, y si, lo es todo para mí.

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