Paciencia, esperanza, confianza y amor es lo que hace la diferencia

Paciencia, esperanza, confianza y amor es lo que hace la diferencia


Por: Marcela Villaseñor

Julia nuestra segunda hija, es una niña deseada y muy planeada, a quien en la semana 22 de embarazo empezamos a querer de manera mucho más intensa.

Nosotros solíamos ir a las revisiones mensuales con el doctor con toda la confianza de que las cosas iban bien, es más, ni siquiera me preocupaba por entender bien los ecos (nunca les encontraba la forma definida), creyendo que todos los embarazos por ley son “buenos”.  Te embarazas- crece el bebé, por consiguiente tu panza- pasan 9 meses- nace- foto bonita- bebé en brazos – todos a casa juntos después de unos días…. Pero en esta ocasión la semana 22 revisión de los 4 meses las cosas no fueron positivas y todo salió del panorama pues Julia “no venía bien”, acababamos de pasar a ser una estadística de 1 en un millón que contrae algo en un embarazo.

El panorama que nos pintó el Doctor era incierto, él con cara de preocupación nos hablaba de una malformación por líquido en el abdomen que no le gustaba nada y de ahí nos mandó con un especialista más… La situación cambió al 100 para nosotros, ¿qué pasaba?, ¿Qué tantos términos usaban los doctores que no entendíamos?. El jueves nos dieron la noticia, el viernes sabíamos que se trataba de un virus que yo había contraído y se lo había pasado a mi hija “citomegalovirus” y el sábado ya estábamos con medicamentos.

Después de eso fueron 16 semanas más para poder conocer a Julia, semanas interminables en donde hubo mucho reposo, muchas medicinas, muchas citas con doctores, mucha incertidumbre, miedo, coraje de no entender lo que decían los médicos, ganas de conocer a Julia y verla lo mejor posible, semanas de mucho estudio por parte de mi esposo, de investigar sobre el virus, los posibles tratamientos, conocer algunos casos y sobre todo de aferrarnos a la idea de que fuera como fuera haríamos lo posible y un poco más por tratar de sacar la situación adelante.

No fue nada fácil… pero llegamos a la semana 38 y Julia había demostrado que los medicamentos tomados estaban funcionando ya que el virus no la afectaba más allá de los primeros síntomas (de los que nos dimos cuenta entre la semana 22 y 25).

Cuando llegamos al hospital (obviamente súper planeada la cesarea en donde sabíamos que antes de cortar el cordón tenían que hacer varias cosas a Julia), la neonatologa se acercó a volvernos a decir toooodo el panorama y las posibilidades, lo cual ya sabíamos pero en ese momento nos tumbó un poco más, incluso sabíamos que Julia se iría directo a terapia intensiva y ya estaba todo listo. Según nosotros estabamos preparados, pero al momento que la escuchamos llorar lo unico que pensábamos era: “ojalá la libre y todo esté bien”.

En fin… Julia se fue a terapia intensiva con la doctora, al despertar de la operación (porque al final me estresé demasiado y me durmieron) mi esposo me dijo que todo se veía bastante bien que Julia iba a salir adelante.

¡Qué angustia más grande no poder verla, olerla o abrazarla!  Ese día empezó nuestro nuevo ritmo que duraría algunas semanas más: La hora de visitas es de 12- 1 y de 6:30- 7:30 ¿Qué?, ¿no la puedo ver cuando yo quiera?.

Al día siguiente por fin me dieron chance de ir a conocerla (porque en el quirófano, sí la vi y le di un beso y la bienvenida, pero no me acuerdo)… Panorama: silla de ruedas, bata, cubrebocas y cofia en el pelo, solo se nos veían los ojos, pero bueno es lo que había. Entrando te das cuenta de que Julia no era la única, que habíamos varios papás en la misma situación.

Los monitores sonaban yo no entendía nada y acostumbrada a las películas que cuando suena es mala noticia, me asustaba cada que se botaba el sensor, ya que sonaba como una alarma, con los días aprendí a ver los números de dicho monitor y a ver la cara de las enfermeras antes de asustarme (si ellas estaban tranquilas, yo también).

Tengo que reconocer que las visitas se me hacían muy largas, pues no podía ni tocar, ni oler, ni escuchar la respiración o ruiditos de mi bebé, estaba ahí, frente a mi pero en una caja a la cual yo no podía acceder, además de que estaba llena de cablecitos y un catéter que la hacían todavía más inalcanzble para mí. Si bien sabíamos que estaría en terapia, la noticia de que el tratamiento que requería era de 6 semanas nos cayó como balde de agua fría. ¡SEIS semanas!

En ese tiempo aprendí a leer monitores,  a no estresarme por los números, a ver a Julia como una guerrera, a acomodarme en la silla de tal manera que la luz no me reflejara en la incubadora y pudiera apreciarla más, a valorar el trabajo de las enfermeras  y entender sus horarios y rotación (qué más me hubiera gustado que ver siempre a la misma persona 24/7 con Julia, pero pues tienen que descansar) y a lidiar con el cablerio que tenía.

Los pequeños avances de Julia, quitar el oxígeno, poderla tocar, poderla cargar, amamantar, abrazar ayudaron a que las semanas fueran más llevaderas. Las visitas de los abuelos , tíos y Matías el hermano mayor (2 años 3 meses) nos daban más fuerzas de aguantar, incluso cuando eran a través de dos ventanales o vía fotos y videos.

El desgaste emocional es grande, ver como en los cuneros hay bebés que van y vienen con sus papás, salir de la visita y encontrarte con familias felices que están yendo a casa juntos y ver que a ti te faltan días para ese momento… aunque de manera positiva nosotros teníamos fecha de salida, ya que Julia estaba en terapia sólo para completar el tratamiento del antiviral.

Los días pasan, tus manos duelen por el jabón agresivo con el que tienes que lavar tus manos, aprendes o al menos no sufres tanto de hablar con cofia, te haces experto en tolerar los ruidos de terapia, de cargar un bebé con sensores y catéteres… te terminas haciendo fuerte, porque no hay de otra.

Nosotros pasamos 44 días en terapia con Julia saliendo de observación intensa las primeras 2 semanas y las siguientes 4 el puro tratamiento. Al final pudimos regresar todos a casa juntos, con una historia que nunca creímos posible, con una guerrera quien luchó y reaccionó de excelente manera ante el virus y cuya secuelas son muy breves.

Paciencia, esperanza, confianza, amor y en nuestro caso estar juntos y contar con el apoyo de familiares y amigos hizo la diferencia para poder sobrellevar 44 días de ser papás de terapia.

GRACIAS al cuerpo médico y a las y los enfermeros que realizan un papel hermoso.

Conoce más

Historias