Si están aquí es por que tienen una misión importante que cumplir

Por:Mariana Mezquita ,

Desde el momento que supe que estaba embarazada fantasee mucho acerca de cómo viviría esa experiencia. Me visualicé con un embarazo sano, lleno de antojos cumplidos, de muchas horas de sueño, de apapachos y felicidad total, con un baby shower majestuoso con muchos regalos, rodeada y chipileada por mis amigas, en un parto natural con la menor cantidad de drogas posible, en un hospital privado –mi peor pesadilla era tener que dar a luz en el seguro social-, llena de mimos por parte de doctores y enfermeras, con un bebé sano y gordo de mínimo 3 kg, con lactancia exclusiva al menos durante el primer año… todo de la manera más natural y sana posible para mi bebé.

Nada de esto sucedió.

A las pocas semanas de saberme embarazada, la vida me sorprendió con la notica más espectacular e inesperada: ¡tendríamos gemelas!

De inmediato, la idea de un embarazo tranquilo y un parto natural, se fue disipando. El ser gemelas, el tener una sola placenta, aunado a mi edad y peso, lo convertía de inmediato en un embarazo de alto riesgo.

A partir de la semana 20 comencé a experimentar hinchazón en los pies, misma que fue incrementándose de manera exagerada con el paso de los días. Mi doctora me decía que era normal, simple retención de líquidos; nunca imaginé que esto no era más que la primera llamada de lo peor que me ha pasado en la vida.

El 9 de febrero me ingresaron al área de urgencias de la “Gineco 4” -mi peor pesadilla empezaba a hacerse realidad-. Apenas acababa de cumplir las 28 SDG,  tenía la presión en 200/180 y un dolor de cabeza insoportable, mi presión no pudo ser controlada con antihipertensivos en casa, una cesárea de emergencia era lo más probable en esos momentos y atenderme en un hospital privado hubiera sido una sentencia de muerte para nuestra frágil economía familiar, pues mi seguro de gastos médicos mayores nos hubiera durado únicamente para la primera semana.

Inmediatamente me canalizaron y llevaron al área de terapia de choque, donde fui catalogada como un “Código 100” (semanas después supe qué significaba e implicaba ser un código 100); como por arte de magia aparecieron decenas de doctores y enfermeros, prácticamente tenía a una persona en cada extremidad haciéndome algo. Todas aquellas cosas que siempre me dieron miedo me pasaron: me pusieron sonda, tenía canalizaciones en cada brazo, estaba conectada a miles de aparatos, con oxígeno y  prácticamente desnuda en frente de decenas de desconocidos… ¡en un hospital del seguro social!

A ciencia cierta no sé cuánto tiempo pasó, no sé si los minutos se hicieron horas o las horas minutos, pero yo escuchaba que mi condición no mejoraba, mi presión no cedía y mis estudios de sangre empezaban a dar resultados alarmantes con fallas en órganos vitales. Finalmente, el jefe del área de terapia intensiva habló conmigo y secamente me informó que mi placenta me estaba matando, era la
causante de la presión arterial tan elevada que tenía y era momento de sacarla, me meterían a quirófano e interrumpirían mi embarazo, CON TAN SOLO 28 SEMANAS DE GESTACIÓN, me dijo que mi vida estaba en riesgo y que mis niñas tendrían pocas posibilidades, pero que estaban en el mejor lugar para sacarlas adelante, y no se equivocó.

Victoria y Valentina, mis “Twinkies”, nacieron a las 3:15 y 3:16am del domingo 10 de febrero, tan solo pesaron 970 y 985 grs respectivamente, recuerdo haber visto a lo lejos a Victoria y haber pensado que era demasiado pequeña para poder sobrevivir y caer dormida en ese momento, con la peor incertidumbre de mi vida.

Desperté no sé cuántas horas después, en el área de Cuidados Intensivos, ahí me informaron que mi presión continuaba alta, que mi hígado y riñón seguían reportando daños y que mi preeclampsia, había derivado en algo terriblemente mortal llamado Síndrome de Hellp.

No pude conocer a mis hijas los primeros días de su vida, tampoco podía ver a su papá para abrazarlo y reconfortarnos mutuamente, tampoco podía enterarme de primera mano de la salud de mis niñas. Las visitas en la UTIN (Unidad de Terapia Intermedia Neonatal, donde ellas estaban siendo atendidas) y en la UCIA (Unidad de Cuidados Intensivos), donde yo estaba, eran a la misma hora. Esos primeros días de vida de mis twinkies fueron decisivos, los más críticos, donde estuvieron en riesgo latente de no sobrevivir.

Su papá tuvo que vivirlos sin mí a su lado, lidiando solo con los desalentadores reportes médicos. Lo admiraré siempre por eso, porque no debió ser nada fácil, si yo me sentía la persona más miserable del mundo, no me explico cómo podía sentirse él, corría el riesgo de perdernos y no podía estar con todas.

Al paso de los días, por fin me mandaron a piso y eventualmente –después de rogar mucho a los doctores- me permitieron bajar a la UTIN a conocer a mis hijas. Tiempo después me enteré que no fueron enviadas a la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales) porque ahí ya no había espacio para ellas, no porque su estado no lo ameritara, pero en esos momentos saber que no estaban donde se encontraban los bebés más graves, me dio mucha esperanza.

Verlas por primera vez fue muy duro, nada en la vida te prepara para el golpe tan fuerte de ver a tus hijos así, tan pequeños y frágiles, llenos de tubos. Aún no sé dónde saqué las fuerzas para no desmoronarme en ese momento y tener la entereza para mantenerme en pie los 60 minutos que duró la visita.

Las pequeñas Mariana y Victoria son un ejemplo de lucha, amor y residencia / Foto: Mariana Mezquita

Así transcurrieron 72 largos y eternos días, 72 días sin cargarlas, 72 días sin tocarlas, 72 días de incertidumbre, 72 sin poder amamantarlas, 72 llenos de una mezcla de noticias malas, noticias peores y otros con maravillosos avances.

Duraron mucho tiempo conectadas a una máquina que respiraba por ellas, lograr extubarlas tomó varios intentos fallidos, les transfundieron sangre varias ocasiones, tuvieron un par de infecciones intrahospitalarias, ambas un soplo en el corazón, ambas una hemorragia en su cerebrito y costó muchísimo trabajo que ganaran peso. Dentro de estos 72 días, Valentina tuvo una aventura en Centro
Médico, a donde fue trasladada para realizarle el cierre quirúrgico del conducto abierto en su corazón, afortunadamente, los especialistas de allá, decidieron que no era necesario y en unos días estuvimos de vuelta en la Gineco 4.

Esos 72 días anduvimos por la vida en modo zombie, como en piloto automático, fue como dejar de vivir, de respirar, viviendo cada día en tiempo suspendido dentro de aquél hospital, sin ganas de ver a nadie y sin ánimos para nada; en esos 72 días nos tocó saber de varios bebés que perdieron la batalla y no lograron salir del hospital, esto volvía los días aún más sombríos y difíciles de enfrentar. Los únicos momentos que tenían sentido, eran los 120 minutos al día que podíamos pasar con ellas.

Nunca tuve oportunidad de reposar mi cesárea, ni de tener ningún tipo de cuidado posparto, de hecho, nunca me dolió la herida, el dolor lo sentía en otro lado.

El día finalmente llegó, el día que siempre vi tan lejano, cuando pudimos llevarlas a casa, y lo mejor de todo: JUNTAS. El día más esperado y anhelado de toda nuestra existencia.

Cada uno de esos días que permanecieron en el hospital, les prometí que si ellas luchaban por quedarse con nosotros, yo iba a hacer que valiera la pena y tuvieran una vida digna de vivirse, que me iba a encargar de hacerlas las niñas más felices y amadas. Ellas cumplieron y ahora nos toca a nosotros cumplir nuestra promesa.

El alta del hospital de las twinkies no fue más que la mitad del camino que aún nos quedaba por recorrer, le siguieron  interminables consultas en varias especialidades dentro de Centro Médico. La prematurez trae consigo varias consecuencias con las que seguimos y seguiremos batallando después de su alta, incluso Victoria tuvo que ser hospitalizada nuevamente para ser intervenida de un ojito. Sin embargo, casi 6 meses después de aquél día en que todo comenzó, puedo decir orgullosamente y llena de felicidad que tenemos un par de hijas sanas, que dieron todo para ganarse su lugar en este mundo y que cada día confirmo que si están aquí es porque tienen una misión importante que cumplir.

Hoy tengo mucho que agradecer a la vida, al Dios del que siempre renegué, al IMSS –del que también siempre renegué-, a todas las oraciones que se hicieron por mis hijas y por toda la buena vibra que nos mandaron, a cada médico y enfermero de la Gineco 4 y de Centro Médico, a mi maravillosa familia que estuvo día a día con y para nosotros, -mención honorífica a mis hermanas y amigas cercanas-, a toda la gente que siempre estuvo ahí y muy al pendiente de nuestras niñas, a todas las mamás que conocí en este viaje, conocerlas a ellas y a sus historias hizo todo mucho más llevadero, nadie mejor para comprenderte y saber lo que estás sintiendo, que quien está pasando por lo mismo que tú y comparte tus peores miedos. Hubo mucha gente de la que nunca esperamos nada y recibimos todo, claro que también hubo gente de la que esperábamos más y decidió no involucrarse, hubo otras en cambio a las que nosotros decidimos no involucrar.

Muchas veces me pregunté “¿por qué a mí?” y aún no conozco con certeza la respuesta, pero lo que sí sé es que mi deber ahora es ayudar de alguna manera a todas las mamás que están pasando por lo mismo que yo pasé, retransmitir todo lo que aprendí en estos meses y con esto, quizá brindar un poco esperanza y certidumbre al corazón de todos los demás padres en un millón que andan por ahí, buscando algo de qué aferrarse.

Tener un hijo prematuro te cambia la vida, te hace valorar muchas cosas que antes parecían muy simples y que dabas por sentado, como el tener un par de pulmones que puedan respirar por si solos o simplemente la capacidad de poder ganar unos gramos de peso. Comienzas a ver la vida con otros ojos mucho más sensibles y empáticos, no solo ante el sufrimiento de otros padres y sus hijos, sino ante las pequeñas cosas que realmente te hacen inmensamente feliz y llenan tu corazón, como ver a tu bebé sonreír recién salido del quirófano y el ser testigo diariamente de pequeños milagros de los que antes no eras consciente.

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