Tener un hijo prematuro es una prueba de union y constante amor

Tener un hijo prematuro es una prueba de union y constante amor

Por: Paulina Lozano

Decidimos ser papás. Al primer intento de dejar de cuidarnos se logró. Yo tenía un historial poco esperanzador: quistes poliquísticos, prolactina elevada, menstruaciones irregulares y a pesar de los hechos fue Dios que nos invitó a vivir esta experiencia.

Todo iba muy bien. Al principio serían dos (uno de ellos no se pudo formar y simplemente la bolsita desapareció). Nunca supe lo que era un achaque, una náusea, estar agotada, el bebé creciendo. Nos auguraban un bebé más grande del estándar, hasta que se llegó el quinto mes. Mis exámenes no traían buenos resultados: hemoglobina baja, glucosa elevada y una placenta que nunca subió lo suficiente.

Al principio me diagnosticaron un simple reposo relativo e ingerir hierro adicional. Los sangrados cada vez eran mayores y los resultados peores. Se me pidió reposo total (incluso andar con cómodo y evitar bañarme, solo baños de esponja), dieta controlada e inyecciones de hierro. La doctora ya pronosticaba sería prematuro, por lo que fue necesario inyectarme también corticoesteroides.

Fui a dar al hospital tres ocasiones anteriores a que el bebé saliera. Siempre que daba al hospital era necesario me administraran metformina pues mi azúcar llegaba a niveles muy altos.

Cuando fue la vencida el medicamento que me susministraban para que el sangrado cediera no estaba teniendo efectos. Yo traía cólicos y empecé con labor de parto. Fue necesario sacar a mi bebé de 30 semanas de mí. Al sacarlo mi placenta ya había madurado a 40 semanas y mi líquido amniótico estaba amarillo. Eso le provocó un choque séptico a mi bebé que lo tuvo entre la vida y la muerte en terapia intensiva los primeros cinco días. Estuvo entubado a más de 20 antibióticos dependiente de oxígeno artificial con una presión arterial y frecuencia cardiaca inestable. Después me enteré que las enfermeras estaban muy asustadas y le hablaban a mi pediatra pensando se moría.

Pasamos esa prueba. Los siguientes días era estar al pendiente de la prueba del corazón, su respiración, , sus oídos, su cerebro. Todo iba bien hasta que llegaron a los ojos. Traía retinopatía de prematuro acelerada. Fue necesario operarle de manera emergente, pues podía quedar ciego. A la fecha es una constante lucha que tenemos yendo con oftalmologo pediatra cada mes y medio (Antes era cada semana).

Conforme fue creciendo el por igual fue perdiendo hemoglobina. Fue necesario transfundirle sangre para que su cuerpo se fuera recuperando.

Iba todo bien, cuando de nuevo se empezó a saturar de oxígeno. De nuevo fue dependiente del famoso cipac.

Tener un niño prematuro es una prueba de fé, de unión y constante amor. Así como llegas con días buenos hay otros que no son iguales. Es tener la esperanza de que se haya podido alimentar un día antes y que ese alimento le provoque un aumento de peso para que cada vez llegue a esa meta para que lo puedan dar de alta. Es voltear a ver todos los días a la máquina para ver si dominó aun más que ayer su respiración hasta que se la logren quitar. Es estar alerta de su frecuencia cardiaca, pues cualquier estímulo los altera. Es tener fuerzas porque ya quieres que esa criatura esté en tus manos.

Afortunadamente Dios nos envió esta prueba para hacernos más fuertes como pareja y entender que la fé mueve montañas y que estos pequeños así de chiquitos son unos guerreros enormes que nos dejan grandes enseñanzas.

Actualmente puedo decir que tengo un bebé fuertote de un año que ha superado todas las complicaciones que tuvo y que si tuvieramos un segundo ya sabemos a que nos enfrentaríamos. Desgraciadamente ya es mi naturaleza. Un segundo tiene muchas probabilidades de enfrentar las mismas consecuencias.

Padres que se estén enfrentando a lo mismo, no se den por vencidos. Dios aprieta, pero no ahorca y siempre le manda las penas a quienes saben que las pueden soportar.

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